Intervención en la presentación del fanzine Frenezzono: Esperanto en la Biblioteko, celebrada en la Biblioteca Pública de Segovia el 17 de septiembre de 2025
Entre los meses de febrero y junio del presente año esta
casa, la Biblioteca Pública de Segovia, acogió un curso de iniciación a esa
lengua universal que es el esperanto. El curso fue organizado por la recién
nacida Asociación Segoviana de Esperanto, SEA para los amigos, e impartido por
David Trigo. Pues bien, como proyecto final del susodicho curso, se nos ocurrió
la peregrina idea de crear algo juntos: un testimonio documental que dejara
constancia de lo vivido en el curso y que captara la expresión libre y
espontánea de cada uno de sus participantes.
Así que dijimos: vamos a hacer un fanzine. El resultado lo
tenéis en las manos, y si aún no lo tenéis ya estáis corriendo: este panfleto
sublime intitulado Frenezzono:
Esperanto en la Biblioteko. No hace falta ser una lumbrera en
esperanto para traducir el subtítulo: significa, justamente, “esperanto en la
biblioteca”.
Yo aquí vengo en calidad de bibliotecario y no voy a
intentar explicaros qué es el esperanto. Me voy a centrar en otra cosa:
explicar qué demonios es eso de un fanzine y por qué tiene todo el sentido del
mundo presentarlo aquí, en una biblioteca: no solo porque estas son las paredes
que lo vieron nacer, sino porque el propio concepto de fanzine y la misión de
la biblioteca pública son, como vamos a ver, almas gemelas.
¿Qué es un fanzine? “Fanzine” es una de esas palabras que
parecen modernas, pero en realidad llevan mucho tiempo circulando. Viene de
juntar “fan”, de fanático, en el buen sentido de la palabra, y “magazine”,
revista. Es decir: una
revista hecha por fans, para fans.
Podemos rastrear los orígenes de este fenómeno en el siglo
XIX, con las primeras asociaciones de prensa aficionadas, pero los primeros
fanzines propiamente dichos aparecieron en los años 30 del siglo pasado en
Estados Unidos, entre comunidades de diletantes, los friquis de la época, que compartían
un entusiasmo común por la ciencia ficción, un género que por aquel entonces
estaba en plena eclosión. Se mandaban unos a otros sus relatos, sus
ilustraciones, sus críticas... y, en vez de esperar a que una editorial les
hiciera caso y se dignara a publicarles todo aquel material misceláneo,
dijeron: “¡venga, lo hacemos nosotros!”: una actitud en la más pura tradición
del "do it yourself", o como decía un vademécum de bricolaje
que vendían cuando yo era pequeño, "hágalo usted mismo".
Desde entonces, el fanzine ha mutado en mil formas. Los
hay de música punk, de cómic underground, de feminismo, de ecología, de
fútbol, de política radical, de recetas de cocina... ¡Incluso de esperanto, no
os digo más! En todo caso, lo bueno de editar un fanzine es que no hay que pedir permiso a
nadie. No hay editores diciendo “esto no se vende”, ni
algoritmos decidiendo si mola o no mola. De hecho, una de las premisas del
fanzine es su anticomercialidad galopante. Aquí en Segovia en los 90 Carlos
Rod, el de la editorial La uña rota, sacaba un fanzine en el que cada número
tenía un título diferente, para despistar, incumpliendo la norma fundamental de
toda publicación seriada: así era más difícil rastrearlo o enterarse de si
había salido un nuevo número. Es muestra de una refrescante vocación de
fracaso, algo que en este mundo de winners es poco menos que un mazazo a
los fundamentos del sistema.
Hoy en España, lejos de estar en decadencia, el mundo del
fanzine goza de muy
buena salud. Cada año brotan como setas festivales y ferias de
autoedición por todo el territorio peninsular y parte de las ínsulas. Es un
ecosistema muy vivo, muy diverso y muy gamberro. Algunos de los festivales más
reconocidos se hacen en bibliotecas, como el Fanzimad en la Biblioteca Iván de
Vargas de Madrid o el Zorroclocos e Lobos en la Biblioteca Regional de Murcia.
Y permaneced en sintonía, porque amenazamos con hacer uno aquí a partir del año
que viene.
Los fanzines suelen tener un punto contracultural: no
buscan agradar a todo el mundo, sino todo lo contrario. Son el lugar donde cabe
lo experimental, lo políticamente incorrecto, lo que no saldría en un periódico
o en el catálogo de una editorial. A veces son profundos, a veces son absurdos,
y muchas veces las dos cosas al mismo tiempo.
Si lo pensamos bien, la esencia misma del formato fanzine
encaja perfectamente con la misión de una biblioteca pública. ¿Por qué? Vamos a
ver: el fanzine es, por definición, publicación aficionada. No necesita el
visto bueno de una gran editorial ni el sello de un crítico prestigioso para
existir. Y eso es maravillosamente posmoderno, porque derriba las fronteras entre el mundo profesional y
el amateur.
Normalmente, el mercado del libro funciona así: hay unos
pocos autores, seleccionados por editoriales, que producen libros; y luego
estamos “los demás”, los que vamos a las librerías o a las bibliotecas a
consumirlos. Es un sistema jerárquico, una lucha de clases: burguesía versus
proletariado, autores versus lectores. El espíritu del fanzine es un
espíritu radicalmente democratizador, que dinamita esta jerarquía desde sus
cimientos.
Y aquí es donde encaja la complicidad de la escena
fanzinera con la biblioteca. Porque como espacio común que somos, ¿qué voces queremos que se
oigan en la biblioteca pública? ¿Solo las voces de los
autores consagrados, las voces de los músicos, los actores y los
conferenciantes que vienen al salón de actos? No. Radicalmente, no. Este lugar
es de todos, y las voces que más nos interesan son las vuestras: las de la
ciudadanía, las de las personas usuarias.
Así que promoviendo la edición de este fanzine estamos
haciendo precisamente eso: dar voz a las ciudadanas y ciudadanos, en este caso a los que han
participado en el curso. Todas y todos tienen algo que
decir, y el cometido de la biblioteca es poner en valor, sin juzgarlo ni
filtrarlo, todo aquello que quieran compartir y expresar.
Hay quien piensa que las bibliotecas somos simples aliadas
del mercado editorial, como un escaparate más. Que, si un libro no tiene ISBN,
no sale en Amazon y no lo venden en El Corte Inglés, entonces tampoco tiene cabida
en nuestras estanterías. Pues no. Nada más lejos. Es cierto que trabajamos codo
con codo con editoriales y librerías, pero nuestra misión va mucho más allá.
También tenemos la responsabilidad de recoger, visibilizar y, como en este caso,
promover la creación que se hace fuera del circuito oficial.
Dicho de otro modo: la biblioteca pública es, o debería
ser, el sitio donde cabe lo que no cabe en otros sitios. Un espacio que no solo
presta clásicos y best-sellers, sino que asume su compromiso de apostar
por la alteridad, por las voces disidentes, y especialmente por las locales; en
definitiva, por todo aquello que no se ve en los suplementos culturales ni en
los canales de booktubers. Yo, personalmente, me siento orgulloso de que
esta biblioteca, hogar de la cultura, pueda ser también hogar de la contracultura.
Y, ya que estamos, os confieso mi ambición: convertir esta casa en el epicentro del underground
segoviano, un espacio donde expresarse con libertad. Confío en que la
publicación de este fanzine sea el primer paso en un largo camino de empoderamiento
de las voces de la comunidad.

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