Artículo publicado en Diario Sabemos el 11 de diciembre de 2025
Todo manual de historia del cómic
que se precie menciona en letras de oro Wash Tubbs, la tira cómica que
Roy Crane dibujó asiduamente desde primavera de 1924 para la agencia NEA de
Cleveland, que se encargaba de distribuirla a cientos de periódicos locales de
Estados Unidos. El personaje que da nombre a la tira, Washington Tubbs II, con
sus gafotas y su perpetuo gesto de asombro, remeda sobre el papel la apariencia
y las torpezas del entonces popularísimo Harold Lloyd. Wash Tubbs es un
muchacho de aspecto ridículo, enamoradizo, corto de estatura y obsesionado con
hacerse rico; en palabras del propio Crane, “demasiado crecido para actuar como
un niño, y excesivamente inmaduro para tomar la vida en serio”. Aunque las
primeras tiras de la serie se centraban en las peripecias domésticas del
protagonista, pronto este se lanzará a viajar por el mundo en busca de romance,
riquezas y aventuras: vamos, todo aquello por lo que suspiraba su creador, el
joven Roy Crane, desde la rutina de su mesa de dibujo en Cleveland. Y es que
¿quién no desearía abandonarlo todo para recorrer el globo tras la pista de un
tesoro escondido? Así pues, Wash Tubbs, nuestro entrañable donjuán de gafas
redondas y pajarita, se embarca a los destinos exóticos glorificados por el
gusto kitsch de la época: busca tesoros en el Caribe, surca los Mares
del Sur, vive aventuras junto a los bandidos mexicanos y salta de isla en isla
en la Polinesia (uno de los emplazamientos favoritos del cómic de entonces,
donde también se asentaron El capitán y los niños de Rudolph Dirks).
Wash Tubbs es, por tanto, uno de los pioneros del cómic de aventuras. ¿Fue el
primero? En absoluto: baste mencionar Hairbreadth Harry de Charles
Williams Kahles, que ofrecía una fórmula similar desde 1906. Tampoco fue Roy
Crane el inventor de la serialización, ya que otras muchas publicaciones habían
descubierto el artificio de continuar la historia donde se había quedado el día
anterior: Little Nemo in Slumberland de Winsor McCay, sin ir más lejos,
o Little Orphan Annie de Harold Gray. En cuanto a su estilo gráfico, al
principio Wash Tubbs se distinguía poco de las demás tiras de prensa de
su época, con personajes caricaturescos inscritos en un escenario realista,
vagamente académico. Las innovaciones que Roy Crane implementó en su serie
fueron apareciendo poco a poco, según el dibujante se familiarizaba con el
medio e iba haciéndolo suyo. Pronto empezó a experimentar con distintos
recursos para crear efectos de sombreado que dieran buen resultado al
reproducirse en las rotativas: líneas entrecruzadas, siluetas en negro a
contraluz, y medios tonos que conseguía con un lápiz graso situando el papel
sobre una superficie irregular. Estas técnicas, que Crane fue descubriendo a
base de ensayo y error, fueron precursoras del uso de tramas mecánicas en el
cómic posterior, e influyeron decisivamente en autores posteriores como Chester
Gould, Milton Caniff o Floyd Gottfredson.
Más allá de los tecnicismos
gráficos, Roy Crane adoptó en su obra nuevos recursos narrativos que no provenían
del cine mudo ni de la literatura, sino que surgían naturalmente del propio
medio del cómic, que estaba en aquel momento inventándose a sí mismo en plena
efervescencia creativa. En un ensayo de 1979, Javier Coma comparaba la
exploración de nuevos horizontes estilísticos en Wash Tubbs con “la
imaginativa comunicatividad de los contemporáneos discos de la escuela New
Orleans, cuyos jazzmen conquistaban el dominio del swing y
transmitían la euforia de estar transformando en un arte lo hasta entonces mera
realidad folklórica”.
Roy Crane se convirtió en un maestro
en manejar los limitados recursos de los que disponía para contar sus
historias. Una narración serializada en tiras de cuatro viñetas requiere que
cada entrega tenga un sentido de unidad dentro de la continuidad, manteniendo
al lector intrigado o, cuando menos, interesado. Cada tira es un ejercicio de
condensación narrativa, y siempre la última viñeta debe resolver la acción con
un pequeño gag o dejarla colgada en un cliffhanger que motive al lector
a comprar el periódico al día siguiente para saber cómo continúa la cosa.
A pesar de su relevancia en la
historia del cómic, hasta ahora Wash Tubbs estaba inédito en España.
Nadie se había dignado a publicarlo en nuestro país, ni siquiera de forma
fragmentaria. El álbum que acaba de sacar la editorial Reino de Cordelia, Wash
Tubbs encuentra al Capitán Easy, viene a rellenar esta laguna. ¿Y cómo han
decidido hacerlo? Publicar una integral, al estilo de las interminables
colecciones cronológicas de tomos que publica Dolmen de clásicos como Tarzán
o Príncipe Valiente, habría supuesto un esfuerzo editorial tan titánico
como ruinoso. De modo que los responsables de esta edición, los muy eruditos y
especialistas Antonio Moreno Ladera y Manuel Caldas, han optado
inteligentemente por la que quizá sea la mejor solución posible para dar a
conocer esta obra al público español: centrarse en una etapa muy concreta de la
serie, considerada por los críticos como su “período clásico” por excelencia.
Se trata del ciclo que recoge las aventuras del protagonista en el Norte de
África y en el imaginario reino europeo de Kandelabra: una nación de teutones
de opereta, semejante a la Ruritania de El prisionero de Zenda o a la
Syldavia de Tintín. Es aquí donde Wash Tubbs conoce al que desde ese
momento será su compañero de aventuras, y que acabará eclipsándole en el
transcurso ulterior de la serie: el Capitán Easy.
Contrastando con el aspecto
caricaturesco del pequeño Wash, Easy es un personaje de rasgos duros pero
atractivos, dibujado en un estilo más realista. Se trata de un hombre curtido,
con un pasado oscuro, que se pasea por el mundo haciendo gala de una mezcla de
nihilismo, humor sarcástico y ramalazos de comportamiento heroico. Como se
indica en la contracubierta del álbum, es “el arquetipo del héroe de los tebeos
y la cultura pop, origen de personajes y series clásicas como Flash Gordon,
Terry y los piratas, Johnny Hazard o Corto Maltés”, e
incluso de iconos del cine como Indiana Jones. Vamos, que el momento en que
Wash Tubbs conoce al Capitán Easy en las mazmorras del castillo de Kandelabra
puede considerarse como el big bang del cómic de aventuras. Del Capitán
Trueno de Ambrós y Mora al Lastman de Vivès, de The Spirit de
Eisner al Jerry Spring de Jijé, todos emanan en cierto grado de este
encuentro seminal.
Y ahora viene la gran pregunta,
incómoda pero necesaria. De acuerdo, la publicación de este álbum recupera un
clásico indiscutible, pero ¿realmente es de interés para el público general, o
solamente para especialistas e historiadores del cómic? Pues veréis, el
espectador de hoy experimenta ante las viñetas de bordes redondeados de Wash
Tubbs lo mismo que ante la pantalla del cine mudo: un cierto alejamiento,
una dificultad para conectar a nivel emocional con la historia. Apreciamos su
valor en tanto objeto de museo, artefacto de otra época que el paso del tiempo
ha convertido en algo totalmente ajeno a nosotros. Por mucho que Roy Crane
participara en la creación del lenguaje del cómic, su lenguaje dista mucho de
ser el actual, y la lectura de Wash Tubbs puede resultar pesada. Además,
es necesario poner en contexto la obra para tolerar el omnipresente discurso
colonial que la permea; la visión de los pueblos no occidentales (en este caso
los beduinos del Norte de África) desde el cliché que los presenta como
salvajes potencialmente peligrosos es algo que caracteriza el cómic de la
época, empezando por Tintín con sus negritos y sus indiecitos. El
verdadero disfrute en la lectura de Wash Tubbs está en detenernos a analizar
sus recursos gráficos y narrativos y proyectarlos sobre la historia del cómic.
¿Queréis simplemente un tebeo de aventuras? Pues mejor os leéis Bone o Thorgal
o Corto Maltés en Siberia. Pero que sepáis que todos ellos llevan al
Capitán Easy en su ADN.

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