Artículo publicado en Diario Sabemos el 27 de abril de 2026
Hay una vertiente de la ciencia
ficción que milita incondicionalmente a favor de los robots, esforzándose por
mostrárnoslos de manera positiva y humanizada. El origen de esta sensibilidad
se podría remontar a Robbie de Isaac Asimov, la emotiva historia del
robot niñera que abre la colección de relatos Yo, robot. Desde muy
pronto el manga hizo suyo este discurso. Aún en plena resaca de la Segunda
Guerra Mundial, la fascinación de los japoneses por los androides cristalizó en
Astroboy de Osamu Tezuka, todo un símbolo nacional; este ya no es un
robot niñera, sino un robot niño, con los sentimientos a flor de piel y un
corazón de oro. ¿Quién no va a querer a Astroboy? Para Tezuka, los robots
participan en su esencia del candor de la infancia: son nobles y buenos por
naturaleza. El buen salvaje de Rousseau encuentra su continuidad en el buen
robot de Tezuka. Si hay máquinas capaces de hacer el mal es porque sus dueños
humanos, esclavos de sus ambiciones, las utilizan como herramientas para sus
propios fines. Desde Tezuka, los autores japoneses acostumbran a recurrir al
mito del robot como un espejo en el que se refleja lo mejor de nosotros los
humanos. Es en esta tradición en la que se imbrica el manga sobre el que
escribo hoy: Android Type One de Yashima, una miniserie que Futabasha
publicó en Japón en tres tomos y que aquí acaba de sacar Moztros en un único
volumen.
Por lo general, la industria
cultural japonesa gusta de ambientar sus historias en mundos de pura evasión,
lo más alejados posible de nuestra realidad cotidiana. Cuando aborda la ciencia
ficción lo hace con sobredosis de fantasía, catapultándonos a mundos
distópicos, maravillosamente ajenos: sociedades en las que las máquinas
conviven con las personas en pie de igualdad (como en Appleseed, Ghost
in the Shell o las demás fantasías ciberpunk de Shirow Masamune) o paisajes
postapocalípticos en los que aquellas han sustituido por completo a la
humanidad (como en la franquicia NieR de Yoko Taro o en Heart Gear
de Tsuyoshi Takaki). En estos escenarios tan alejados del mundo que conocemos
encontramos a menudo, desde la distancia, metáforas de nuestra sociedad. Pues
bien, lo original de la propuesta de Yashima es que Android Type One
hace una aproximación mucho más comedida al género de la ciencia ficción y a la
imagen del robot. La historia no está ambientada en un futuro remoto ni en un
universo paralelo, sino en un 2059 que se nos antoja bastante plausible: un
entorno urbano muy semejante al downtown de Tokio en la actualidad. La
sociedad imaginada por Yashima no es una metáfora sino una evolución muy
verosímil de la nuestra, sin estridencias ni efectismo alguno. Si algo destaca
en esta obra es su moderación, rara virtud en un medio tan proclive a los
excesos como el manga. Resulta muy próxima en su tono a la novela gráfica
europea, y en su contenido a la visionaria serie de televisión Black Mirror,
que ha conseguido impactar vivamente a los espectadores al mostrar cómo la
distopía tecnológica está mucho más cerca de lo que parece. Quizá vivimos ya
instalados en ella.
La historia de Android Type One
resulta creíble. Consigue implicarnos como lectores remitiéndonos a nuestras
propias vivencias cotidianas con las tecnologías que nos rodean, en las que ya
hay embebido un componente emocional. Los robots imaginados por Yashima son
como móviles de última generación, con sus contratos tediosos, sus mitologías
de marketing, su ritual de unboxing y su proceso de configuración para
ajustar el dispositivo a nuestros gustos personales. Solo les diferencia de
nuestros smartphones el hecho de que tengan un rostro y un cuerpo, lo
que les confiere el trampantojo de una identidad.
Android Type One trata sobre las relaciones de apego entre dueños y robots,
adorables androides femeninos que no son sino muñecas glorificadas, animadas
por la magia de la IA. En esto sigue las huellas de un manga tan icónico como Chobits
de CLAMP, que llevaba esta temática al terreno del shojo; pero
mientras Chobits va mucho más lejos, centrándose en la relación
romántica entre un humano y una androide, el manga de Yashima se limita a
explorar la empatía que podemos llegar a sentir hacia las máquinas. Trata sobre
ese proceso por el que el robot deja de ser un electrodoméstico para
convertirse en un ser querido. Quizás en el futuro nos alegraremos de sentir su
presencia en el hogar, pasaremos juntos buenos ratos y lloraremos su pérdida
con el mismo grado de sentimiento con el que hoy lloramos la muerte de nuestras
mascotas. Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi robot.
La sociedad futura retratada en este
manga aparece fuertemente polarizada con respecto a su relación con los robots:
hay grupos pro-androides que defienden sus derechos, frente a vandálicos grupos
anti-androides que salen a las calles para destruirlos. En Android Type One,
siguiendo el patrón moral marcado por Tezuka, los verdaderos malos son los
humanos: los antidisturbios, los intrigantes, los delincuentes. E igual que
está polarizada la sociedad, lo están las dos androides protagonistas: Yui, de
color blanco aséptico, es una unidad doméstica funcional y obediente, mientras
que Neue, de color negro, es todo lo contrario. Neue aparece siempre rodeada de
cuervos, merodeando por casas abandonadas. Representa el lado oscuro de la
tecnología, el monstruo que los propios humanos han creado a golpe de desamparo
y abandono: una muñeca rota en busca de venganza. La contraposición entre ambas
androides, una modélicamente integrada en la sociedad y otra relegada a la
marginalidad, alimenta el conflicto que hace avanzar la trama.
El dibujo de Yashima es suelto y
funcional, ofreciendo un refrescante contraste con la factura relamida que es
habitual en la mayor parte del manga mainstream de nuestros días. Más
que a modelos orientales, recuerda al estilo híbrido de manga y bande
dessinée practicado por autores europeos como Michaël Sanlaville, Bastien
Vivès o Luca Oliveri. Asimismo, el estilo narrativo resulta más próximo a los
patrones occidentales de novela gráfica que a la hiperestimulación sensorial
típica del manga: la acción fluye de forma reposada, con el elemento necesario
de tensión que aporta el impredecible personaje de Neue. En la historia hay
algunos cabos que quedan sueltos; no se termina de explicar el porqué de
ciertos comportamientos y decisiones de los personajes, tanto humanos como
robóticos. No creo que estas preguntas queden en el aire por descuido, sino
para invitar al lector a sacar sus propias interpretaciones.
En definitiva, aunque Android
Type One no aporta nada nuevo al infinitamente manoseado mito del robot, es
una buena oportunidad para acercarnos a él a través de una historia narrada con
serenidad y sensibilidad, ajena al ruido de otras series de manga más vistosas
y deslumbrantes pero quizás, al cabo, más huecas.

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